"Acho Pe Erre 🇵🇷 es otra cosa" gritamos; pero la cosa se nos volvió mala costumbre.
Desde afuera...
Hubo un tiempo - y no fue hace tanto - en que Puerto Rico no vivía con este miedo tatuado en la piel. Cuando salir al colmado de la esquina a las nueve de la noche no se sentía como caminar desarmado por un campo de guerra. Cuando los vecinos se sentaban en la acera con una cerveza fría y la única mala noticia eran que se acabaron. Hoy, nos despertamos con un ÚLTIMA HORA diferente: "Otro asesinato en el barrio", "Hallan cuerpo calcinado", "Niña de 16 años es apuñalada en ocho ocasiones". Sí, 16 añitos. Titulares que ya no nos estremecen porque hemos hecho las paces con el horror. El crimen se nos volvió rutina, como el café por la mañana. Y eso, corillo, es lo más peligroso que nos pudo pasar. Antes, uno escuchaba hablar de un asesinato y la isla entera se paralizaba. Lorenzo, Carmen Paredes... Aun, hay casos como el más reciente de Gabriela Nicole que nos eriza la piel. Creo que la razón es porque hemos llegado al punto de una implosión emocional y social. Tanto da la gota... que se quiebra.
Hoy, vemos las fotos en Facebook entre un meme y un video de TikTok, y seguimos scrolleando como si nada pasara. Como si esas balas, esos cuchillazos, no nos estuvieran arrancando pedazos del país. Como si la sangre derramada fuera algo lejano, y no la misma calle por donde jugábamos descalzos cuando éramos chamaquitos. Porque, ¿qué nos pasó? ¿En qué momento los puntos de droga reemplazaron las canchas? ¿En qué momento una pistola se convirtió en más valiosa que un diploma? ¿En qué momento nos hemos perdido como hermanos? ¿Cuando dejamos de sonreír en paz?
Siento que el respeto se perdió cuando dejamos que la violencia se volviera entretenimiento, cuando la noticia del día se consume como si fuera el último capítulo de una serie en Netflix. Cuando el valor de tenernos comenzó a distanciarse y cuando la chancleta dejó de pegar en el culo de los inquietos. Tal vez difieran... yo solo pienso.
Esto no es cuestión de política barata ni promesas huecas. Aunque gran parte de la culpa la tiene el estado (directa e indirectamente), con su falta de ejecucción ante las variantes que ya todos estamos cansados de escuchar. Sistemas de educación obsoletos, mínima seguridad y poca importancia. Pero fuera de lo que ya todos sabemos, siento que hemos perdido algo más. Y eso que perdimos viene del alma.
Tristemente, esto es la vida real. Son las madres llorando frente a un ataúd. Los chamaquitos que crecen viendo que la ley del gatillo tiene más poder que la judicial.
Hoy, Puerto Rico compite en un deporte que nadie pidió competir: el Deporte del Crimen. Y, lamentablemente, lo estamos liderando con varios campeonatos. Pero ¿saben qué? No quiero sonar regañón, tampoco renegarme. Al contrario, quiero ser diferente y pensar que nos toca recuperar lo que dejamos perder. Los que están y los que estamos afuera. TODOS. Independientemente, la mayoría queremos lo mejor para el país y digan lo que digan las cabras del cafrondismo, nos duele con todos los huesos.
Si nos quedamos mirando, seguirán robándonos la paz pedazo a pedazo, hasta que no quede ni el recuerdo. Dejemos de normalizar lo anormal. Hablemos, denunciemos y eduquemos. Exijamos seguridad, sí, pero también respeto y siganos inculcando valores. La calle no puede seguir siendo más fuerte que nosotros.
Si el crimen se volvió deporte nacional, es hora de que todos juguemos para ganarle: rescatar nuestra isla, barrio por barrio, casa por casa, corazón por corazón. El pueblo siempre salvará al pueblo.
Hoy, no mañana, que se nos hizo tarde.
Unos me apodan el "Luis Lloréns de la Nueva"; otros me conocen por mi amor a la chuleta frita.
Omar González

Columna anterior.
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