Bienvenidos nuevamente, amigos lectores. Otro jueves, otra nota. Aunque no lo crean, estas columnas son puro efecto de mi dopamina. Y para aclarar rumores: no consumo ningún tipo de droga (por ahora). Solo me acompañan vinos baratos Cabernet y whiskey con miel. Tennessee Honey o American Honey, por si un día deciden regalarme una botellita. Me escriben y les paso la dirección.

Hoy quiero hablarles de algo que llevo mucho tiempo pensando. Algo que considero un arte, pero casi extinto. No hablo de pinturas, danzas, monumentos o abstracciones. Hablo del arte de importar.

Cuando digo importar, no me refiero al comercio de productos ni a la globalización. Me refiero a algo más íntimo, más humano: al acto de darle importancia a lo que realmente la tiene.

La Real Academia Española define importancia como “cualidad de lo importante, aquello que es muy conveniente, interesante o de mucha entidad o consecuencia”. Es decir, aquello que pesa, que vale, que deja huella. Y aunque debería ser una práctica natural, hoy parece estar en vías de extinción.


La escasez de la importancia

Podría pasar horas enumerando razones: la tecnología que nos absorbe, la economía que nos ahoga, la psicología del consumo rápido, los medios que fabrican realidades, y una sociedad que confunde ruido con relevancia. Todo se ha combinado en una mezcla explosiva que ha erosionado nuestra capacidad de dar importancia.

Lo vemos todos los días. En el estudiante que no entra al salón porque "total, qué importa una clase menos". En el empleado que trabaja solo por cumplir, sin pasión ni orgullo por lo que hace. En los vínculos familiares que se rompen porque nadie tuvo tiempo de darle importancia a una llamada, a un gesto, a una palabra a tiempo. Y lo vemos en su forma más brutal: en el asesinato de un padre frente a su hijo, donde la vida misma pierde su valor.

La falta de importancia es un cáncer que se ha propagado sin que lo notemos. Tanto, que cuando alguien nos presta atención verdadera, cuando nos hace sentir que importamos, nos parece increíble, casi irreal.


El arte perdido

¿Por qué lo llamo arte? Porque algo tan esencial como importar se ha vuelto raro, casi secreto. Importar requiere presencia, sensibilidad y entrega. Tres cosas que hoy parecen un lujo. Vivimos en tiempos donde lo superficial brilla más que lo profundo. Donde una foto editada recibe más atención que una conversación honesta.

Si todavía eres capaz de darle importancia a alguien o a algo, considéralo un don. Es como un músculo que pocos ejercitan, y que al no usarse, se atrofia. Importar es escuchar de verdad cuando alguien habla. Es mirar a los ojos en lugar de mirar el celular. Es celebrar la risa de un niño como si fuera un milagro. Es cuidar los pequeños detalles que sostienen lo humano.


Ser importante vs. hacerse el importante

Aquí conviene hacer una distinción. Ser una persona importante no es lo mismo que “hacerse el importante”. Ese último es teatro, pose, apariencia. El primero es esencia.

Ser importante puede significar cosas muy distintas: para tus hijos, como figura paterna o materna; para alguien que confía en ti emocional o económicamente; para un amigo que necesita tu escucha; para una comunidad que espera tu esfuerzo.

Pero no se trata solo de relaciones. También podemos importar a través de nuestras acciones. Que lo que hagamos tenga sentido. Que no sea automático, sino intencional. Que esté impregnado de pasión, deseo, amor y, sobre todo, sentido común.


Lo que hemos perdido

En esta transición generacional hemos dejado mucho atrás. Las redes sociales nos han nublado la visión. Nos han vendido una vida de aceptación virtual y perfección imposible. Una vida de filtros, "likes" y métricas que sustituyen a la verdadera importancia.

Mientras tanto, dejamos de lado lo simple: una cena en familia sin celulares en la mesa, un “buenos días” con mirada sincera, un abrazo sin prisa. Nos olvidamos de lo que nos une en lo cotidiano, porque lo cotidiano ya no "vende".

Y lo más triste es que quienes controlan los engranajes sociales lo saben perfectamente. Entienden que en una sociedad vacía, carente de importancia, es más fácil manipular. Nos entretienen con distracciones, nos dividen con etiquetas. Color, raza, sexo, religión. Todo para dividir y distraer. Porque mientras peleamos por lo superficial, lo importante se desvanece.


El acto de rebeldía

Pero aquí es donde entra lo que quiero dejarles hoy: importar es un acto de rebeldía. En un mundo diseñado para la indiferencia, dar importancia es resistir.

Escuchar cuando nadie escucha. Prestar atención en tiempos de distracción. Amar sin pedir permiso. Ser importante para alguien sin esperar aplausos. Dar importancia a lo que no se compra ni se vende.

Eso, amigos, es un arte. Un arte que deberíamos rescatar, practicar y enseñar. Porque si perdemos la capacidad de importar, ¿qué nos queda? Una sociedad de ruido, de consumo, de apariencias. Y eso, al final, no sostiene a nadie.

El arte de importar es, quizás, el arte más humano de todos. Y está en nuestras manos revivirlo. Cada día, en cada gesto, en cada elección.

Así que, la próxima vez que la vida te dé la oportunidad, no la desperdicies. Importa. Haz que importe. Sé importante.

Unos me apodan el "Luis Lloréns de la Nueva"; otros me conocen por mi amor a la chuleta frita.

Omar González

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